Sol, viento y agua

Instalarse en el Desierto de Atacama fue uno de los desafíos más grandes que enfrentaron aquellos que inmigraron a estas tierras para explotar sus riquezas. En medio de una geografía abrumadora, con caminos perdidos en el desierto y sin agua, el desafío se hizo heroico. Sin embargo, antes de la llegada de los  aventureros españoles estas tierras ya habían sido pobladas por nativos que, con valentía, atravesaron el desierto de cordillera a mar, muchas veces a pie y también a lomo de guanacos y llamas. Vencieron las distancias y la carencia de agua, pero llegaron. El descubrimiento del salitre, primero en Tarapacá y después en Antofagasta, atrajo a trabajadores de diferentes latitudes, nacionales y extranjeras. Sobraba el caliche, la materia prima, pero no había agua suficiente para transformarlo en salitre. Entonces taladraron la tierra hasta donde pudiera estrujarse. Levantaron tranques para acumularla, y en las orillas del mar y de ríos construyeron extrañas máquinas para convertirla en potable.

En el año 1870, la caleta La Chimba —que luego sería Antofagasta— consolidó su existencia. El ferrocarril estaba pronto para correr hacia el interior, sobre la Cordillera de la Costa se trabajaba incansablemente para levantar la primera oficina salitrera, el problema limítrofe parecía solucionado y el cateador José Méndez, apodado El Cangalla, contratado por los socios José Díaz Gana y el francés Arnoux de Riviere, descubría la mina de Caracoles, exuberante en plata y esperanzas. Hombres serios y aventureros incorregibles abandonaron la vida bucólica del sur de Chile y se aprontaron a desafiar al desierto, viajando en cualquier medio de transporte marítimo para desembarcar en las playas de Antofagasta. El poblamiento de la ciudad fue aumentando de forma vertiginosa. Algunos audaces  intentaban levantar sus viviendas en los terrenos  consagrados a la plaza de Armas. Todo era posible con tal de quedarse en la tierra de las oportunidades.

     Desierto de Atacama, el más árido del planeta.

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