Orígenes del agua en Antofagasta

Sol, viento y agua/ La Aguada de Cerro Moreno/ Santos Ossa en Cobija y las primeras resacadoras de agua/ Las Aguadas de Cobija/ Orígenes del agua en Antofagasta/ El primer destilador solar de Charles Wilson/ Enrique Villegas y la conducción del agua dulce/ Las aguadas de la costa de Taltal/ Los problemas de agua con los ríos San Pedro y Polapi/ Los abrómicos/ El agua, una mirada en la historia militar del Norte Grande/ Tocopilla y el agua potable/ El precio de la porfía: la guerra de los tubos/ Una institucionalidad para el manejo del agua.

Aunque Juan López, El Chango, ha surgido como un ser casi mitológico que apareció y desapareció calladamente, es justo atribuirle a él la calidad de ser el iniciador del proceso de poblamiento de la ciudad de Antofagasta. Nadie conoce ni el lugar ni la fecha de su nacimiento, como tampoco hay información del día y lugar de su muerte. Como un meteoro que dejó fragmentos históricos de su vida, y un escrito que constata su existencia, Juan López ha entrado calladamente a la historia de la ciudad. Como él mismo lo consigna, fue el primer hombre que habitó estas tierras. Levantó junto con sus familiares —también desaparecidos— una choza con el material que pudo reunir, y luego se transformó en pirquinero de una mina ubicada en la Cordillera de la Costa. Decía conocer la geografía de éstas tierras como la palma de su mano, lo que fue clave para su subsistencia, pues pudo encontrar agua en el desierto para él y su familia. Cuando José Santos Ossa, en 1866 decidió establecer una empresa para producir salitre que descubrió en el Salar del Carmen, Juan López, en calidad de su empleado, lo proveyó de agua. ¿Dónde la encontró? Se asegura que fue la aguada de Cerro Moreno. Si tal aseveración es verdadera, esa fue la fuente del agua  bautismal para la ciudad que nacía. La masiva llegada de trabajadores a la creciente oficina salitrera del Salar del Carmen obligó a la empresa a conseguir una mayor cantidad de agua. La construcción de una máquina condensadora en 1868 fue el primer intento de solución. Rápidamente se instaló la máquina para abastecer las faenas de la empresa, siendo capaz de entregar 270 mil litros diarios de agua. En ese momento la población en Antofagasta bordeaba las 400 personas, y el número aumentaba diariamente con el descubrimiento del yacimiento de plata de Caracoles en 1870. De acuerdo a los relatos históricos, al iniciarse el año 1872 ya había 3.000 habitantes en Antofagasta. De esta forma, el agua comenzó a faltar y su tratamiento se convirtió en un buen negocio.

Burros aguadores en Antofagasta. Imagen de 1910.

Las máquinas de este servicio aumentaron a 10, de distintos dueños y con cantidades variables de litros diarios producidos. Las máquinas eran conocidas por los nombres de sus propietarios: Compañía de Salitre, Emeterio Moreno, Teofilo Reska, Juan de Dios Vara, César Feliu, Eduardo Orchard y Daniel Prado. Además, había otras que figuraban con los nombres de fantasía como “Los  Cuatro Amigos”, “El Sol” y “La Estrella”. Para consumir agua la gente debía trasladarse hasta las mismas condensadoras ubicadas casi siempre a orillas de la costa. El servicio no era inmediato, lo que obligaba a la formación de filas esperando turno. El reparto hacia la ciudad se hacía en toneles transportados en carretas, o simplemente en un tonel arrastrado por mulas: fueron los famosos aguadores de la época, hombres que iban por las calles vendiendo este cotizado líquido. Sin embargo, a pesar del servicio de estas plantas, la ciudad crecía, las fundiciones instaladas tenían mayor actividad y la demanda de agua aumentaba, lo que hacía cada día más difícil el suministro. Y aunque los barcos que descargaban distintos materiales para las minas    aportaban con la venta de agua, y así también las lanchas aguadoras acarreando agua desde las vertientes costeras, los suministros ya no eran suficientes.

El costo del agua también influía en el consumo individual de este líquido, al punto que algunos viajeros comentaban que el consumo de alcohol en los bares de la ciudad era mucho mayor. Los mostradores lucían botellas de todas formas, colores y de los más diferentes orígenes. Sus contenidos eran tan diversos como las culturas propias de los parroquianos, quienes consumían diariamente sus bebidas preferidas. Debido  a las infecciones y enfermedades que pululaban en estas ciudades armadas como un campamento, el consumo de alcohol se hacía en exceso, como una forma de paliar la situación. Si el agua era cara y de mala calidad, lo mismo pasaba con la limpieza personal. La escasez de agua influyó también en la posibilidad de lavar la ropa, muchas veces era más caro el lavado que una nueva camisa. Esta situación anormal cambió definitivamente en 1892 con la llegada de la cañería desde la cordillera. El agua fue al fin vendida a un precio suficientemente barato como para que algunas personas incluso hicieran quintas de pequeños tamaños, con árboles, verduras y flores. Esto mismo causaría el cierre de las plantas de agua de mar, que ya no pudieron competir con los precios a que llegaba el agua de la cordillera. Fue el industrial Enrique Villegas el primero en intentar vencer al desierto en el afán de traer agua desde la cordillera, objetivo para el cual solicitó al Gobierno la concesión de la explotación, la cual le fue entregada. Sin embargo, debido a la gran inversión requerida y tecnología especializada, fracasó en su intento, para posteriormente vender su concesión a la Compañía Huanchaca.

Reparto de agua en una oficina salitrera, no identificada. Imagen de 1915.

De esta forma, y luego de una larga espera por parte  de la ciudad, el 9 de junio de 1892 una multitud de vecinos y autoridades se congregó en la plaza Colón. La empresa de Ferrocarriles había invitado a la apertura de la cañería que, tomando el agua del río San Pedro y a través de una cañería de 340 kilómetros de largo, traía agua dulce a la ciudad. ¿Cómo había sucedido el milagro?

En 1888 se había celebrado una importante transacción entre la Compañía de Salitres y Ferrocarriles, de propiedad de ciudadanos ingleses, y la Compañía Huanchaca, cuyos dueños eran de nacionalidad Boliviana. Los bienes correspondientes al Ferrocarril fueron comprados por la empresa Boliviana. La Compañía de Salitre quedó solamente como una empresa productora de este abono. El organizador de esta empresa fue el ciudadano boliviano Aniceto Arce, que luego llegaría a ocupar la Presidencia de su país. La Compañía Huanchaca, al hacerse cargo de la línea férrea que ya llegaba desde Antofagasta a Calama, se tropezó con un problema: las locomotoras  eran abastecidas con aguas que contenían una gran cantidad de calcio, el que se depositaba en las paredes de las tuberías de las locomotoras, interrumpiendo el paso del líquido.

Bomberos de la ciudad realizan pruebas con bombas que utilizaban agua de mar. Imagen de 1920.

Este inconveniente provocó que la Empresa de Ferrocarril de Huanchaca tendiera una cañería desde el río San Pedro de Inacaliri, a fin de alimentar las locomotoras sin el material nocivo del agua usada.  Esta obra permitió llegar a un acuerdo con el Estado Chileno y obtener una concesión para abastecer a la ciudad de Antofagasta y a los puntos intermedios. De esta manera, mediante ley del 21 de enero de 1888, la compañía fue autorizada para utilizar las aguas del río San Pedro con el fin de suministrarla con un  valor de 1 peso y 40 centavos el m3. Ese mismo año, el Gobierno aprobó los planos para el tendido de la cañería (con una  capacidad de 2.500 m3 por día) desde el río hasta Antofagasta. Obtenida la concesión y firmado el contrato que fijaba los derechos y deberes de los contratantes, se inició el trabajo. El tendido se hizo, en una primera fase, hasta el río San Pedro. Allí se construyó un embalse con capacidad  para contener 30.000 toneladas de agua. Desde este punto arrancaba el acueducto de 340 kms de longitud y que debería llegar a la ciudad de Antofagasta. Sin embargo, ese mismo año de 1888 se firmó un nuevo contrato, esta vez entre la empresa  Huanchaca y una empresa de la zona de origen inglés, mediante el cual se traspasaban los bienes ferroviarios de Huanchaca a esta empresa, que era la empresa del Ferrocarril Antofagasta Bolivia (f.c.a.b.). Este contrato transfería también, la concesión para conducir y vender agua a la ciudad. Así pues, el acto convocado en la plaza Colón resumió todo el proceso empresarial y administrativo del aprovisionamiento de agua de  Antofagasta.   Ese año Antofagasta tenía una población de 13.500 habitantes, y era la única ciudad de la  Región que consumía agua potable desde una cuenca hidrográfica. Otros poblados tenían una muy modesta población: Calama 6.904, Taltal 5.834 y Tocopilla 3.385 habitantes. No figuran otros puntos urbanos en el censo de 1895.

Pese a la alegría inicial, la llegada del agua potable dio paso a algunas críticas expresadas en la prensa de Antofagasta. El periódico El Comercio del 10 de Junio  de 1892 publicó un pequeño reportaje: “El agua dulce de cañería que viene del interior ha bajado de precio, pues se vende ahora a 10 centavos la arroba en vez de 15 como se hacía… los únicos que no han escuchado la petición del pueblo, sobre todo la de los pobres, son los que negocian con el agua resacada, pues continúan vendiéndola a 20 y 25 centavos. Pero ya le llegará el día, todo está en que el pueblo se acostumbre a beber agua potable”. Lamentablemente el agua de cañería no abasteció a  toda la comunidad, de tal manera que las resacadoras siguieron funcionando. Su aporte no era menor: 400 toneladas diarias. Además, como no existía una red de distribución, muy pronto surgieron los revendedores del agua de cañería.


 

Costanera de la ciudad de Antofagasta en el año 1881.

Plaza Colón de Antofagasta con su emblemática torre reloj, declarada Monumento Histórico en 1988.


 

Postal de 1920 que muestra la agitada actividad de lanchas ante la llegada de un gran vapor desde el  Sur.