Los abrómicos

 

Sol, viento y agua/ La Aguada de Cerro Moreno/ Santos Ossa en Cobija y las primeras resacadoras de agua/ Las Aguadas de Cobija/ Orígenes del agua en Antofagasta/ El primer destilador solar de Charles Wilson/ Enrique Villegas y la conducción del agua dulce/ Las aguadas de la costa de Taltal/ Los problemas de agua con los ríos San Pedro y Polapi/ Los abrómicos/ El agua, una mirada en la historia militar del Norte Grande/ Tocopilla y el agua potable/ El precio de la porfía: la guerra de los tubos/ Una institucionalidad para el manejo del agua.

El poblamiento de la Región de Antofagasta trajo consigo un grave problema sanitario no fácil de solucionar: la eliminación de las excretas y desaguas servidas. En los primeros años, los vecinos simplemente arrojaban sus desechos a la calle, provocando una situación sanitaria insoportable. Pronto se les obligó a acumularlas en barriles, dando nacimiento a otro personaje memorable de esos tiempos: el extractor de abrómico. El término a brómico no se consigna en los diccionarios contemporáneos aunque su uso fue corriente en la gente que vivió entre el siglo Sexy comienzos del XX. Conviene hacer un análisis semántico del término “bromo”, vocablo de raíz griega que significa “olor, fetidez”. El metaloide que lleva ese nombre, se lo llamó así por su olor fuerte y repugnante. Es de suponer que la palabra “abrómico” significaba “sin olor ni fetidez”; situación que se lograba sacando en barriles las materias fecales yaguas descompuestas. Al revisar las antiguas actas de sesiones municipales, se advierte el interés de la Corporación por abordarlos temas sanitarios y controlar a las empresas que ofrecían estos servicios. En 1884 se logró un contrato con José Luis Vásquez, mediante el cual se entregaba por espacio de cinco años la concesión para extraer losa brómica y aguas servidas de las viviendas y edificios públicos. Se fijaba el precio de un peso por cada barril de materia fecal, es decir, de a brómico. En la misma sesión se denunció a “varias personas que están realizando estos servicios sin permiso de la autoridad”. Esto nos permite suponer que el negocio, aunque sucio, era rentable. La extracción de a brómico se hacía durante lanche, de acuerdo a un horario prefijado. El encargado golpeaba la puerta del usuario y si no abría, daba el grito: Hielabrómicooo! Entonces entraba hasta el patio de la vivienda, donde estaban los barriles, sacaba rosque contenían las fechas, y dejaba otro limpio en su reemplazo. Las ocurrencias contadas por antiguos vecinos son graciosas y hasta tragicómicas. Entre las últimas está la situación que se producía cuando el cargador resbalaba en el interior de la casa y derramaba el contenido. Entonces era difícil conciliar el sueño. A fines del siglo XIX hubo un aumento de las viviendas, permitiendo mejores ganancias a los empresarios de los servicios higiénicos del abrómico.

Ricardo Bravo, concesionario, vendió sus servicios a trescientas casas y doscientos edificios públicos. Las materias extraídas se derramaban en las afueras de la población. A través de tal sistema, es posible explicárselas catastróficas epidemias de la época. Pese a lo lucrativo del negocio, la situación económica de las empresas extractoras fue de mal en peor. En la sesión del 28 de julio de 1913, se leyó uniforme en el que se denunciaba el desastroso estado de las empresas extractoras de a brómico. Había sólo cuatro carretas para transportar los barriles, los que estaban en pésimas condiciones de conservación. Los barriles, a la par de escasos, estaban deteriorados por la falta de pintura de alquitrán para evitar las filtraciones, por lo tanto, estaban fétidos dado que servían indistintamente para la extracción del brómico y del agua servida. Había un déficit de cincuenta barriles para poder entregar un servicio medianamente eficaz, pero lo peor era que los desechos se vaciaban cerca de la población. Esto se repitió a través de los años, pues se encuentran documentos como los de la Sesión Municipal de 1909que da cuenta de la queja de un regidor porque “en el desvío norte, los vecinos para no asfixiarse con el mal olor, tienen que cerrar las puertas de sus casas, pues en ese barrio se arrojan a las calles las aguas servidas”. Ya a comienzos del siglo XX algunos habitantes con mayores recursos y que vivían cerca de la costa, financiaban sus cañerías para eliminar las aguas. Ladre de alcantarillado estatal eliminó el negocio de la brómico. Pronto los vecinos olvidaron al personaje que en las noches les gritaba “el abrómicooo!”

Anuncios